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Optimismo y postmodernidad. Reflexiones en torno a la plancha
titulada "Las logias del siglo XXI" del Hermano Valentín
Díaz
Permitidme establecer por medio de esta plancha un diálogo
con el texto que recibimos el pasado mes de marzo del Hermano Valentín
Díaz a propósito de la obra de Daniel Beresniak, que
fuera, maestro masón del Gran Oriente de Francia. Me pareció
un texto tan importante y que trataba temas tan actuales que decidí
que ese texto se merecía algo más que un comentario
elogioso en un correo electrónico apresurado. Estaba leyendo
por entonces un ensayo sobre el nihilismo en las sociedades contemporáneas
escrito por José Luis González Faus y comprendí
que debía intentar poner a dialogar ambas reflexiones tamizadas
por mi propia visión. El trabajo con todo este material,
pensé entonces, me exigiría a mí mismo más
si decidía traerlo a esta cámara y leerlo ante vosotros
como hoy por fin hago. Venero este espacio de comunicación
y os animo a que nunca dejemos de trabajar para él. Muchos
de vuestros comentarios en la red me parecen siempre magníficos
principios para temas a debatir en esta cámara, que luego
se quedan en apuntes que el tiempo desinfla. Enriquecernos a nosotros,
vuestros hermanos, con vuestra reflexión trabajada. Yo hoy
os ofrezco la mía con el deseo de que os sea útil
y acreciente vuestro conocimiento y juicio.
Cuando recibimos la plancha del Hermano Valentín Díaz
hubo cierto consenso en cuanto a lo valioso de sus reflexiones,
yo también disfruté con su preocupación por
el futuro y su dominio de las corrientes actuales del pensamiento,
pero hubo algunas ideas con las que disentí y que me parece
de interés ofrecéroslas hoy. Me atrevo a expresarlas
porque en el propio texto él nos anima a hacerlo: Creo
que los masones dice no debemos nunca de
perder la mirada crítica. Para mí continúa
diciendo la masonería es, entre otras cosas, un ejercicio
permanente de reflexión y crítica sobre uno mismo
y lo que nos rodea, y eso incluye, desde luego, a la propia Masonería.
Siguiendo, entonces, su propia propuesta, me permito hacerlo a continuación:
En primer lugar lo positivo: El Hermano Valentín Díaz
dice de Beresniak que la suya era una mirada crítica, es
decir una mirada y cito que no se conforma, que
quiere siempre ir más lejos y quiere, desde luego,
unir lo disperso. ¡Atención!
dice Beresniak- no hagas de nuestro discurso una verdad
absoluta, y de esta verdad una ortodoxia. Nuestro discurso esclarece.
Tiene esa pretensión. Pero no esclarece todo. Y ahora
aporta lo que para mí es más crucial de su discurso:
Para esclarecerlo todo dice nuestro
discurso debe asociarse, a la fuerza, a todos los demás discursos,
diferentes e inversos (Fin de la cita). Beresniak propone
un planteamiento optimista que no es usual en la Filosofía
del Siglo XX, porque al menos ve una salida, la de la unificación
de los discursos. Pero para otros autores el optimismo es imposible.
Definen la situación, pero no aportan respuestas, como sí
hace Beresniak. Bauman, por ejemplo, en su obra La Modernidad líquida,
nos habla de que la realidad en nuestros tiempos no tiene solidez
ni consistencia, es acomodable y moldeable, y por tanto nos aboca
a un continuo e irrecuperable cambio de posición.
Lipovetsky denomina a este periodo La era del vacío, un
vacío que se nos hace soportable mediante nuestra entrega
a lo efímero, a la sociedad del hiperconsumo. Y Hannah Arendt
da la voz de alarma de la pérdida de referentes éticos
en su libro La banalidad del mal cuando nos avisa de que pueden
estar uniéndose la irreflexión con la maldad. También
se hace eco de esto Jonathan Littell cuando en su obra Las benévolas
nos cuenta la posibilidad de asesinar sin remordimiento, con total
naturalidad, como el que da la mano. Visión desnaturalizada
que por otra parte ya venían ofreciendo (con una distribución
masiva en el mundo) las películas de Quentin Tarantino, por
ejemplo. Esto recuerda lo que Hannah Arendt decía con respecto
a los holocaustos: [y cito] sucede que tan pronto como un
delito hace su primera aparición en la historia, su repetición
es más probable que su primera aparición. Así
pues, la banalización del mal facilita, desde este punto
de vista, su reproducción escalar. Como decía Nietzsche:
Da la sensación de que hemos borrado el cielo con una
esponja o hemos desprendido a la tierra de la cadena de su sol,
y ahora no sabemos si hay un arriba y un abajo. Contra esta
pérdida postmoderna Beresniak propone sabiamente la unificación
de los discursos (se consiga esto como fuere posible).
Como hemos visto, el espacio que se describe, de perplejidad y
de falta de referentes éticos tiene que ver con el momento
filosófico en el que estamos envueltos. El espíritu
del tiempo que vivimos nos dice el Hermano Valentín
Díaz es en su opinión el de la incertidumbre,
la confusión hasta aquí estoy de acuerdo,
pero luego continúa diciendo:, la intolerancia, el
fanatismo y el miedo que, en definitiva, impregna nuestras sociedades.
Aquí es donde empiezo a disentir del Hermano Valentín
Díaz, y es este discurso el que querría cuestionar
en su base.
Vivimos -continúa citando a Beresniak- una época
preñada de amenazas, en el que el desafío más
importante es lograr que nuestro planeta pueda seguir siendo habitable,
lo que obligará necesariamente a cambios de gran calado.
Todo este desconcierto generalizado es caldo de cultivo, como es
fácil entender, de toda laya de profetas y oportunistas.
Tiempos idóneos para la demagogia y el populismo. [
]
Corremos el riesgo de experimentar una regresión a la barbarie,
agravada por los medios técnicos actuales (Fin de la
cita).
Opino ante esta relación de desmanes que supuestamente
están o han de llegar, que peca de fatalismo. ¿Vivimos
en una sociedad con amenazas? Indudablemente, pero más grave
parecieron las de la Guerra Fría o, antes, la Edad Media
con el desplazamiento masivo de tribus orientales al occidente europeo
durante siglos. ¿Es esta época de profetas y oportunistas?
Haberlos haylos pero la Historia nos cuenta que abundaron mucho
más y con mayor poder desquiciante en épocas pretéritas.
¿Hay demagogia y populismo? No dudo de que se intente continuamente,
pero sí dudo de que tengan un éxito real. Las opiniones
de todos los colores fluyen libremente por el parqué ciudadano.
¿Es esta la peor época de la historia? No, sin duda.
Quizás en números absolutos hoy pasa hambre más
población que nunca, pero en valores relativos estoy seguro
de que es el menor número en tantos por ciento que ha existido
en la historia
Valentín Díaz dice que la vida es un conflicto
permanente. Nadie lo puede negar. Y así lo ha sido
a lo largo de la Historia. Pero este conflicto hoy batalla en un
campo con reglas y leyes, con organismos y controles. ¿Qué
no son perfectos?, indudablemente. ¿Qué existe corrupción?,
posiblemente. Pero que son tiempos cercanos a la vuelta a la barbarie
no lo creo (teniendo en cuenta, incluso, las desigualdades norte-sur).
Y creo que un pensamiento racionalista, creo que nuestra posición
como masones no debería de caer en el tremendismo, en el
pesimismo ontológico. Porque es, precisamente, la percepción
de la postmodernidad, de la dificultad de poner reglas, de establecer
parámetros, de apresar la realidad y de establecer verdades
contundentes el marco que ya comprendemos y que nos hace estar en
guardia aunque no sepamos de qué y con qué armas combatirlas.
Esa es la sustancial diferencia con épocas anteriores: ahora
sabemos que no sabemos; ahora sabemos que no hay respuestas que
todo lo resuelven; y cuando la dificultad se acerca (la dificultad
de comprender, la dificultad de buscar soluciones) estamos en guardia
y proponemos soluciones con la cautela de quien no está seguro;
no con el atrevimiento de quien sabe la respuesta.
La herramienta de la Modernidad fue y es la razón. Kant
destapa el problema (y apunta la solución): La razón
dice no funciona. Y esto ha de ser juzgado (y si es
posible arreglado) por... la razón.
La razón se enreda en contradicciones, dice Kant, y por
ello no da con la verdad, por tanto: la metafísica (saber
qué es la realidad, juzgar si la razón es un instrumento
suficiente para comprender el mundo, saber qué es el mal
o cuál sea el sentido de la vida) es imposible como ciencia;
y la ciencia de la naturaleza, por lo mismo, no va a poder responder
a las cuestiones metafísicas.
Bien, es cierto, como dice Mark Horkheimer que la razón
ha resultado que sólo sabe ser universal a la hora de dilucidar
cómo se hacen las cosas, pero no a la hora de dilucidar para
qué hacerlas y qué cosas hay que hacer. Pero
el argumento anterior a la razón instrumental sólo
daba como respuesta un callejón sin salida: se hacían
las cosas para alabar a un ser supremo. Hoy, al menos, sabemos que
no entendemos el universo ni la razón de nuestra existencia,
pero eso nos debe llevar a seguir buscando y a seguir examinando
todas las propuestas.
Esto nos sitúa como masones (y como ciudadanos) en un panorama
de desconcierto, de acuerdo, pero, como dice Valentín Díaz
y en esto estoy con él y él está con la teoría
mayormente aceptada: Las contradicciones son indispensables.
Una logia abierta al mañana busca la heterogeneidad y huye
de la homogeneidad. Trabaja las preguntas y no recibe respuesta
alguna como definitiva. (Fin de la cita).
El trabajo del Masón y sigo con Beresniak
consiste en viajar. Eso quiere decir devenir. La responsabilidad
del Masón en la sociedad consiste en combatir, dentro y fuera
de él mismo, la tentación de inmovilizar el devenir
y que éste sea un eterno presente. Ir a otra parte, más
lejos, moverse, buscar, es instaurar el devenir y por lo tanto crear.
Aceptando estos principios nos situamos en la postmodernidad de
pleno. El método actual, contemporáneo, de investigación
en lo humano, que podríamos llamar teoría del conocimiento
postmoderno o método para conocer o método de acercamiento
a la verdad, supone la renuncia a la pretensión de decir
la última (y la primera) palabra sobre la realidad; más
aún supone renunciar incluso a la pretensión de verdad,
dejándola en exclusividad a las ciencias.
Ya decía Popper que las afirmaciones en ciencias humanas
son compatibles con cualquier estado de la realidad porque no son
falsables. Y esto nos ha llevado, en cierto sentido, a ese estado
de perplejidad.
En la teoría del conocimiento de lo humano, según
la postmodernidad, el carácter creativo de la teoría
es fundamental; aunque en toda teorización, incluso científica,
la fantasía tiene un papel fundamental, en la teoría
del conocimiento postmoderno este carácter ficticio y creativo
es esencial, debido a la lejanía y abstracción respecto
de la realidad. Por eso se ha aceptado a los creadores, artistas,
poetas, como nuevos analizadores de la realidad en paridad con los
pensadores y científicos.
Generalizando lo que dice Maud Mannoni en relación con
el psicoanálisis en su libro La teoría como ficción,
podemos entender la forma de conocer la realidad y darle respuestas
como una ficción, como el producto de un libre ensayo que
genera un mito, un mito de los orígenes (del mundo, del yo)
y un mito de los fines. Porque a los ámbitos a los que llega
la Metafísica nunca podrá llegar la ciencia y sólo
el mito puede acceder. Como vemos, desde esta perspectiva, el método
masónico cumple con las reglas de creatividad exigidas y
le añade su disciplina ritual y simbólica que sirve
de sistema metafórico para nuestros acercamientos al sentido.
Este carácter creativo de las teorías para conocer
y comprender desde la postmodernidad, sitúa a cualquier método
de comprensión de los fenómenos entre la ciencia y
la poesía, y más cerca de ésta que de aquella.
Ya Unamuno defendía que el pensamiento (todo) es un producto
de la fantasía, de la cual brota la razón. Los argumentos
sería, pues, como fases de una novela que busca su final
o su conclusión.
Heidegger dice que pensar es recordar lo que ha de pensarse, como
la poesía. O sea, elaboro primero un corpus vivencial que
genera historia y cuando pienso en realidad estoy barajando las
abstracciones de lo vivido; genero, pues, una historia, una poética,
que fija un pasado y da crea las vías de un futuro. La poesía
no inventa, sólo regurgita lo vivido y convierte estratos
inaprehensibles en fijaciones formales que ya son, per se, nuevas,
y que a la vez entran en la rueda de lo vivido, alimentando el flujo
incesante.
María Zambrano confirma esta postura y considera que el
método de conocimiento no es un calcular, sino un poetizar
mediante el que se reavivan nuestros recuerdos. Conocemos, pues,
nombrando; nombrar es pintar las cosas con palabras, y luego jugamos
con las palabras como si fueran realidades y en verdad no son más
que propuestas poéticas de realidades. Por eso son intangibles,
por eso no tienen consistencia de verdad, y por eso
nos sumen en una indeterminación preocupante.
La teoría del conocimiento postmoderno es nómada,
como ya apuntaba Berezniak, y su método es, indefectiblemente,
el hermenéutico. Y aunque utiliza la inducción y la
deducción, utiliza sobre todo el método analógico
y metafórico (como hacemos nosotros en masonería),
en el que el discurso pasa de un elemento a otro, a veces muy lejano
y extraño, por medio de metáforas y analogías;
este carácter le aproxima al arte y la literatura contemporáneos.
Este método, sin embargo, no es aleatorio, no es relativo,
no es nihilista. Es riguroso, aunque sea anexacto. A la estructura
sólo se llega mediante un método de aproximaciones
sucesivas, por medio de círculos concéntricos o en
espiral (como diría Ortega).
Es un método propio de supervivientes más que de
herederos, como dice Luis Martín Santos, ya que está
obtenido a partir de los restos del naufragio de la modernidad.
Es el método posible para hacer metafísica después
de Auschwitz e Hirosima, a donde se llegó con la fe ciega
en la razón (científica).
Pero es también un método lúdico y lúcido
que experimenta cautamente y que parte de la suposición de
que no todo está perdido. Es una suposición, pero
debe ser imperante, informadora, orientadora, guía. Y es
optimista.
Valentín Díaz aporta un elemento más en clave
de antiguo cristiano (no por eso equivocado) y que yo comparto.
La búsqueda de la verdad que no está asociada
al amor al prójimo dice se degrada en curiosidad
intelectual banal. Cada uno, buscando sólo su propio enriquecimiento,
cierra su espíritu y se estanca en un comportamiento egoísta
que le impide tener mayor altura de miras. El que, por el contrario,
se siente corresponsable de toda la historia de la humanidad y ama
verdaderamente a su prójimo constata rápidamente que
florecen sus facultades de percepción.
Amar al prójimo no es fácil nos
dice pero si conseguimos vivir entre personas camino
de ser en lugar de cohabitar entre personas que son,
dejamos de sufrir por los defectos de los unos y los otros. Vemos
en el otro, sobre todo, las promesas y las primicias de un futuro
a construir juntos (fin de la cita).
Así, Valentín Díaz unifica de manera poética
la idea de que nuestro discurso debe asociarse -a la fuerza-
a todos los demás discursos, diferentes e inversos
(que defendía Beresniak) con la teoría de amor al
prójimo. Como guía firme en un mundo de perplejidades,
es una buena conclusión.He dicho.
José Carlos Carmona
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